miércoles, 10 de marzo de 2010

Îgura del Cielo


Las caricias que oscilaban en sus manos

en los tiempos perdidos de un lugar sin final,

los escondites de los campos verdes donde ella bailaba

las hermosas tardes de un cielo sin retorno,

me hablaban, de infinitos días de pesadumbre en mi mente

de los apocalípticos desenlaces, del sol sin memoria propia

de los vestidos rojos, en los aires atrasados de los lugares lejanos

de una leyenda sin familia, que en las noches cantaba llorosa

y moría por revivir en el alba, con el silencio atrapado

en los ojos de una mujer hermosa, sin poder tocar siquiera

las manos, y volar con ella a los minutos que perdía con su ausencia.


Los amantes de la luna, entraban por los oídos de la iclesia, los oídos del mundo

en las estrellas de los campos rosas, las flores marchitas

bailaban el son de la sinfonía sin principio

y jugaban, con la magia de estar subiendo hacia lo alto de la nostalgia

de las ventanas rotas en el sueño, con las mañanas vacías sin perdón

y el recuerdo de una noche, sin merecer

quedaba el amargo, cual si fuera el cuerpo del deseo, ella

no podía mirar, no podía hablar, sin entender, sin pensar

solo se le pedía amar, como nunca él lo había hecho

y por quedar plasmada su obra, quedo en la piel de ella un pedazo de su vida

sin proponérselo, en el mundo, en las estrellas, en los últimos momentos.


Gritar, y desgarrar el interminable deseo de querer volver, donde no hay horas

donde los bosques y las murallas se unen y cortan el cuerpo en pedazos

desde los incontrolables tenebrosos monstruos, que la fábula reía

y rezaba, ni ella, ni él

como amantes sin luna, como amantes sin esperanzas

los cuentos del cersis ciliquastrum,

en donde la flauta amaba las notas, debajo de su sombra

y encontraba plácido el mundo que necesitaron para amarse,

convirtiendo su amor, en hojas, en ramas, en aire que hacia el cielo miraba.